jueves, 12 de marzo de 2009

La Aduana Boba

Con el transcurrir del tiempo, el servicio aduanero nacional ha perdido capacidad para ejercer los controles que le ordenan las leyes de la República.Junto con la adopción de figuras para facilitar el comercio internacional, tales como los almacenes privados fiscalizados, las zonas francas y puertos libres, los almacenes in bond, las zonas portuarias bajo control privado y otros de similar naturaleza, las aduanas han debido afinar sus normas y procedimien­tos para enfrentar unas realidades más exigentes por su dinamismo y por la pluralidad de agentes que intervienen en los procesos de introducción y extracción de mercancías.Por razones que no viene al caso analizar, los grandes cambios que afectan la actividad aduanera han sido realizados a sus espaldas. En la toma de decisiones que las afectan, las aduanas han sido las grandes ausentes o las invitadas de piedra, bien por la miopía y el egoísmo ajenos o por la mediocridad de su estrato directivo, que nada o poco ha tenido para aportar a la hora de los cambios trascendentes.Por ello, muchos almacenes privados fiscalizados se convirtieron aceleradamente y desde hace mucho tiempo, en trampolines para ejercer el contrabando; reciben cargamentos cuya cantidad y naturaleza no son verificadas por las autorida­des en el momento de la descarga del vehículo portea­dor, quedando a su libre albedrío el realizar o no las correspondientes participaciones al sector oficial. En virtud de este descuido insólito propio de un país de comiquita, han florecido empresas que ofrecen públicamente servicios puerta-puerta de traslado de mercancías desde Miami hasta Cara­cas, sin pago de derechos ni realización de los trámites pertinentes.Las zonas portuarias ajenas a la propiedad del Estado se han convertido en los paraísos de los contrabandistas. Los sobordos, modificados a voluntad por los transportistas o sus representantes, constituyen la única noticia que tiene la aduana de la llegada de mercancías a puerto; en ausencia de una confrontación de los bultos descargados contra los documentos presentados por el porteador, es este último quien decide, en la práctica, cuáles mercancías han de ser vistas por la aduana, cuáles cumplirán los trámites que ordenan las leyes y quiénes satisfacerán los derechos causados.La aduana boba parece haber olvidado que su obligación consiste en intervenir y controlar el paso de mercancías extranjeras, nacionales o nacionalizadas a través de las fronteras, aguas territoriales y espacio aéreo; incumpliendo su deber fundamental, se distrae revisando papeles que muchas veces no tienen concordancia con la realidad, mientras el contraban­do penetra alegremente frente a sus propias narices.Por imperativo de la realidad, las aduanas deben volver a la contrastación minuciosa de los carga­mentos con los manifiestos de carga; con funcionarios que le sean propios, deben aprehender las mercancías y some­terlas al régimen de prenda precep­tuado en la ley hasta la culminación del trámite respectivo, con independen­cia de que el almacenamiento de los efectos se realice en patios o almacenes ubicados en la zona primaria y bajo su administración directa o en lugares regentados por el sector privado. La forma en que operan los correos privados (couriers) constituye una de las muestras más evidentes de la degradación del control a que nos hemos venido refiriendo; mercancías de la más variada especie entran y salen del país en voluminosos bultos, sin que exista un control real sobre su contenido ni una determina­ción correcta de los derechos causados. En beneficio de la celeri­dad se desmantelaron los controles y al lado del peluche de regalo o del documento mercantil puede ingresar un costoso componente electrónico o un polvillo blanco de extraña naturaleza.La proliferación de almacenes privados en los que se depositan mer­cancías a la espera del perfeccionamiento de la operación aduanera, desbordó hace ya mucho tiempo la capacidad contralora de la aduana. La concesión a tienta y a locas de licencias para operar este tipo de depósito, sin tomar en cuenta el esfuerzo contralor que cada nueva realidad demandaba, tenía que produ­cir y produjo los resultados que hoy observamos con asombro y angustia.Con tendenciosa habilidad se ha manejado el criterio de que un buen control aduanero genera trabas insoportables para la industria y el comercio; nada más falso. Una aduana bien concebida y que haga uso de las múltiples facilidades que ofrece la tecnología moderna puede realizar, de manera casi imperceptible, un control riguroso del tráfico de mercancías y producir estadísticas de comercio internacional de forma rápida y confiable.Retomar los controles que le ordenan las leyes, dentro de conceptos de modernidad y facilitación del comercio internacional es imperativo imposter­gable, para que la aduana boba sea suplantada por la aduana nueva que exigen las nuevas realidades del país.
Fuente: http://www.adunas.com.ve/ Autor: Carlos Asuaje Sequera
NOTA: este artículo fue escrito y publicado en diciembre de 1994.